sábado, 2 de abril de 2011

Rolando Espinosa López

Rolando Espinosa López



Viejos, no lloren, "pa'lante..."
Viejos, no lloren, "pa'lante y pa'lante"... expresaba el valiente jovencito Rolando Espinosa López, a quien la metralla le había arrancado ambos brazos, al ver llorar desconsoladamente a sus padres.
Los médicos del Hospital de Emergencias, donde se encontraba, lucharon lo indecible por salvar aquella vida joven, la vida de un patriota, que así alentaba a sus padres, cuando debió estar sufriendo los más agudos dolores. A este joven no importaba haber perdido sus brazos, pero sí que avanzara la Revolución y que la Patria continuara libre. El sabía quiénes habían causado su mal físico y no quería que ello agobiara a sus queridos padres. Rolando no sabía leer al ingresar en la FAR. Allí se alfabetizó, poniendo gran empeño en lograrlo. Pasó su niñez en el campe y fue uno de aquellos niños olvidados del ayer. Sin embargo, a pesar de todo, el muchacho era un buen revolucionario y poseía un inmenso espíritu de sacrificio; por ello fue escogido por los dirigentes campesinos de la zona en que vivía para que ingresara en las Milicias Nacionales Revolucionarias el día 21 de enero de 1961. Pertenecía al cuerpo de artillería de la FAR, a esos mu¬chachos que se han ganado el título de defensores del cielo de la Patria.


Adalberto Vidal VaZdés nació en San José de las Lajas el día 10 de junio de 1928. Murió el 15 de abril, en el ataque a la FAR. Pertenecía a la Batería H.
Adalberto procedía de las filas revolucionarias que actuaban en la zona en que vivía durante la clandestinidad. Ingresó en las Milicias Nacionales Revolucionarias tan pronto éstas se or¬ganizaron. Eran varios hermanos todos milicianos, uno de ellos fue organizador de las MNR° y graduado de una EBIR°° Sus padres, Antonio Vidal Félpete, de 65 años, y Eulogia Valdés González, de 59, son fervientes simpatizadores de la Revolución y sustentan las mismas ideas revolucionarias que defendía su hijo.
El joven miliciano tenía tres hijas: Ada, de 10 años de edad; Aida, de 5; y Keila, de 2.
Sus hijos, como los demás niños, dormían también a la sombra del hogar el 15 de abril, pero despertaron y no vieron más a su papá porque la muerte, que llegó de lejos, por los aires, segó su vida.
Un día, a pesar de no poder llamar ¡Papá!, cuando comprendan recordarán con orgullo por qué aquel valiente que fue su padre dio su vida por la Patria libre en que ellos viven.
53 Líneas.

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